SUBSIDIO HOMILÉTICOver todos...

Domingo de Pascua de Resurrección

Introducción

0.1.- María Magdalena es un ejemplo para el camino de la vida porque en ocasiones, en la vida, los anteojos para ver a Jesús son las lágrimas.

María Magdalena está frente el sepulcro vacío de Jesús y María Magdalena es un ejemplo para la vida porque todos han sentido alegría, tristeza y dolor, y, ustedes ¿han llorado en los momentos más oscuros? y ¿esas lágrimas han tenido la capacidad de preparar los ojos para mirar, para ver al Señor?

Frente a Magdalena que llora, es posible pedir al Señor la gracia de las lágrimas, porque es una bella gracia llorar por todo: por el bien, por los pecados, por las gracias, también por la alegría. Así que el llanto prepara para ver a Jesús; pidamos al Señor nos conceda la gracia de poder decir con la vida: “He visto al Señor, no porque se me ha aparecido, sino porque lo he visto dentro del corazón[1].
 
0.2.- La luminosidad y alegría que para la mayoría de nosotros se conecta con la idea de la Pascua no puede, sin embargo, cambiar el hecho de que el contenido profundo de este día sea para nosotros mucho más difícil de entender íntimamente que el de Navidad, por ejemplo.

El nacimiento, el ser niño, la familia: todo esto pertenece a nuestro propio mundo de experiencias. Por eso nos toca inmediatamente la idea de que Dios se ha hecho niño, y de que, por tanto, lo pequeño se ha vuelto grande, y lo grande, humano, cercano y tangible.

Según nuestra fe, en el nacimiento en Belén Dios ha entrado en el mundo, y esto atrae hacia un rastro de luz incluso a los hombres que no pueden aceptar el mensaje como tal.

Aquel de quien habla la Pascua realmente descendió al reino de la muerte. Jesús ha respondido a la súplica del rico Epulón: ¡Manda cruzar, pues, a alguien del mundo de los muertos, entonces creerán! Él, el verdadero Lázaro, ha cruzado para que nosotros creamos.

¿Lo hacemos?
No vino con revelaciones, ni con emocionantes descripciones del otro lado. Pero nos ha dicho que prepara moradas.
¿No es ésta la novedad más emocionante de la Historia, aun cuando sea dicha sin suspense?[2].
 
COMENTARIO BÍBLICO
 
Primera Lectura: Hechos 10,34.37-43
 
1.1.- Tenemos aquí un compendio de la predicación de Pedro. Vemos en sus palabras cómo describe la actividad de Jesús siguiendo el esquema que hallamos en el evangelio de Marcos, subrayando que la cosa comenzó en Galilea. Destaca igualmente los rasgos característicos del segundo evangelio: Jesús, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu, pasa haciendo el bien, esto es, curando a los enfermos y liberando a los oprimidos por el diablo. Sabemos que Marcos recogió en su evangelio la catequesis de Pedro. Así lo atestigua, ya en el año 130, Papías de Hierápolis.
 
1.2.- Pedro está convencido de lo que dice. No habla de lo que le han contado, sino de lo que él mismo ha visto con sus propios ojos. Pero él no es el único testigo; Pedro habla solidariamente con todos los apóstoles: "Nosotros somos testigos..." En sentido estricto, "apóstol", es el testigo cualificado, elegido por Dios para proclamar que Jesús de Nazaret, el mismo que fue crucificado en Jerusalén, es ahora el Señor que ha resucitado. Por eso, únicamente puede ser "apóstol" un hombre que haya conocido a Jesús, que haya vivido con él a partir del bautismo en el Jordán y hasta su ascensión a los cielos: cuando los apóstoles buscaron un sustituto que ocupara en el Colegio de los Doce el lugar del traidor, lo eligieron entre aquellos que conocieron a Jesús personalmente (Hch 1. 21-26). El testimonio de los apóstoles puede resumirse en estas palabras: Jesús es el Cristo, el Señor.

Hay, pues, una identidad entre el Cristo predicado y el Jesús histórico, y esta misma identidad constituye la sustancia de la fe cristiana.

Jesús es el Señor, el juez de los vivos y muertos; pero es también el rostro humano del amor de Dios: en él se ha manifestado que Dios nos ama y nos perdona. Pedro invoca el testimonio unánime de los profetas para anunciarnos la gran noticia: que todos sin distinción alguna, podemos recibir el perdón de Dios si creemos que Jesús es el Señor. El evangelio es el anuncio de la muerte y resurrección de Jesús y, en consecuencia, el anuncio del perdón de Dios a todos los que creen en el nombre de Jesús. El evangelio es siempre evangelio de reconciliación[3].
 
Salmo responsorial: Salmo 117
 
2.1.- En todas las festividades más significativas y alegres del antiguo judaísmo, especialmente en la celebración de la Pascua, se cantaba la secuencia de salmos que va del 112 al 117. Esta serie de himnos de alabanza y de acción de gracias a Dios se llamaba el "Hallel egipcio", porque en uno de ellos, el salmo 113 A, se evocaban de un modo poético, muy gráfico, el éxodo de Israel de la tierra de la opresión, el Egipto faraónico, y el maravilloso don de la alianza divina. Pues bien, el salmo con el que se concluye este "Hallel egipcio" es precisamente el salmo 117, que se acaba de proclamar y que ya hemos meditado en un comentario anterior.
 
2.2.- Este canto revela claramente un uso litúrgico en el interior del templo de Jerusalén. En efecto, en su trama parece desarrollarse una procesión, que comienza entre las "tiendas de los justos" (v. 15), es decir, en las casas de los fieles. Estos exaltan la protección de la mano de Dios, capaz de tutelar a los rectos, a los que confían en él incluso cuando irrumpen adversarios crueles. La imagen que usa el salmista es expresiva: Me rodeaban como avispas, ardiendo como fuego en las zarzas; en el nombre del Señor los rechacé (v. 12).

Al ser liberado de ese peligro, el pueblo de Dios prorrumpe en cantos de victoria (v. 15) en honor de la poderosa diestra del Señor (v. 16), que ha obrado maravillas. Por consiguiente, los fieles son conscientes de que nunca están solos, a merced de la tempestad desencadenada por los malvados. En verdad, Dios tiene siempre la última palabra; aunque permite la prueba de su fiel, no lo entrega a la muerte.
 
2.3.- En este momento parece que la procesión llega a la meta evocada por el salmista mediante la imagen de la puerta de la justicia (v. 19), es decir, la puerta santa del templo de Sión. La procesión acompaña al héroe al que Dios ha dado la victoria. Pide que se le abran las puertas, para poder dar gracias al Señor (v. 19). Con él entran los justos (v. 20). Para expresar la dura prueba que ha superado y la glorificación que ha tenido como consecuencia, se compara a sí mismo a la piedra que desecharon los arquitectos, transformada luego en la piedra angular (v. 22). Cristo utilizará precisamente esta imagen y este versículo, al final de la parábola de los viñadores homicidas, para anunciar su pasión y su glorificación (leer Mt 21, 42).
 
2.4.- Aplicándose el salmo a sí mismo, Cristo abre el camino a una interpretación cristiana de este himno de confianza y de acción de gracias al Señor por su HeSeD, es decir, por su fidelidad amorosa, que se refleja en todo el salmo (Sal 117, 1. 2. 3. 4. 29).

Los símbolos adoptados por los Padres de la Iglesia son dos. Ante todo, el de "puerta de la justicia", que san Clemente Romano, en su Carta a los Corintios, comentaba así: "Siendo muchas las puertas que están abiertas, esta es la puerta de la justicia, a saber:  la que se abre en Cristo. Bienaventurados todos los que por ella entraren y enderezaren sus pasos en santidad y justicia, cumpliendo todas las cosas sin perturbación" (48, 4: Padres Apostólicos, BAC, Madrid 1993, p. 222).
 
2.5.- El otro símbolo, unido al anterior, es precisamente el de la piedra. En nuestra meditación sobre este punto nos dejaremos guiar por san Ambrosio, el cual, en su Exposición sobre el evangelio según san Lucas, comentando la profesión de fe de Pedro en Cesarea de Filipo, recuerda que "Cristo es la piedra" y que "también a su discípulo Cristo le otorgó este hermoso nombre, de modo que también él sea Pedro, para que de la piedra le venga la solidez de la perseverancia, la firmeza de la fe".

San Ambrosio introduce entonces la exhortación: "Esfuérzate por ser tú también piedra. Pero para ello no busques fuera de ti, sino en tu interior, la piedra. Tu piedra son tus acciones; tu piedra es tu pensamiento. Sobre esta piedra se construye tu casa, para que no sea zarandeada por ninguna tempestad de los espíritus del mal. Si eres piedra, estarás dentro de la Iglesia, porque la Iglesia está asentada sobre piedra. Si estás dentro de la Iglesia, las puertas del infierno no prevalecerán contra ti" (6, 97-99: Opere esegetiche IX/II, Milán-Roma 1978, p. 85)[4].
 
Segunda Lectura: Carta a los Colosenses 3,1-4
 
3.1.- Nuestra vida como participación en la vida de Cristo (Col 2,20-3,4)

[Estos versículos] sacan la consecuencia de todo lo dicho hasta ahora [en la Carta]. Primero, de forma negativa, el rechazo de los mandamientos de los hombres; luego, de forma positiva, la invitación a buscar los bienes de arriba, en donde está sentado Cristo. Por el bautismo hemos muerto con Cristo no solamente al pecado, sino a todos esos reglamentos que no tienen más que una apariencia de devoción. Después de tres ejemplos: No tomes; no gustes; no toques, Pablo alude a una palabra de Isaías (29,13), que representa un gran papel en la controversia a propósito de la pureza ritual: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí; es inútil que me rindan culto, pues las doctrinas que enseñan no son más que preceptos humanos (cf. Mc 7,6s y Mt 15,9). La alusión a Isaías cobra más interés aún si se piensa que Colosenses no contiene ninguna cita directa de la Escritura más que ésta. La coincidencia con los Sinópticos nos permite así identificar uno de los lugares de apoyo para las controversias sobre la pureza que, tanto en ambientes judíos como en ambientes sincretistas, ocuparon tanto espacio en la vida de las comunidades.
 
3.2.- En contrapartida, Pablo caracteriza la vida del cristiano' como una unión indisoluble con Cristo. Mientras que en 2,125 se tenía la impresión de que todo estaba ya hecho, nuestro pasaje mantiene la tensión entre el ya y el todavía no, tan característica del Nuevo Testamento. Es verdad que hemos resucitado con Cristo, pero tenemos que hacernos (de hecho) lo que somos (de derecho).

Aunque la antítesis vida/muerte sea una constante en Pablo (por ejemplo, Rom 6,4; 1 Cor 15,21; 2 Cor 2,16; 4,11s; etc.), presenta aquí una forma especial, ya que el mismo Cristo es considerado como la vida. El lenguaje corresponde a las enseñanzas de Jesús sobre la vida en el evangelio de Juan: Yo soy la resurrección y la vida (Jn 11,25). De momento sigue oculta nuestra participación en la vida de Cristo, pero se revelará en todo su esplendor el día de la manifestación de Cristo (3,4). Es éste el único pasaje de la Carta que hace directamente alusión a la parusía. Puede compararse este texto con Flp 3,20s: Nuestra ciudad está en los cielos, de donde esperamos como salvador al Señor Jesucristo, que transfigurará nuestro cuerpo humilde para hacerlo semejante a su cuerpo glorioso…[5]
 
Evangelio: San Juan 20,1-9
 
4.1.- La experiencia pascual desata una dinámica de vida hecha de búsquedas y encuentros, de conversión y de fe, que se delinea con gran riqueza en los relatos pascuales de los evangelios.

En Juan 20,1-10, leemos hoy el pasaje que describe el sensacional descubrimiento de la tumba vacía por parte de María Magdalena y de los dos más autorizados discípulos de Jesús, desatándose así una serie de reacciones. El relato contiene elementos muy valiosos que nos ayudan a dinamizar nuestro propio camino pascual. (…)
 
4.1.1.- María Magdalena descubre que la tumba está vacía (20,1-2)

Notemos los movimientos de María Magdalena:

+ María madruga: “Va de madrugada al sepulcro cuando todavía estaba oscuro” (20,1). 

Esta acción es signo evidente de que su corazón latía fuertemente por Jesús. El amor no da espera. Pero también es cierto que la hora de la mañana y los nuevos acontecimientos tienen correspondencia: de madrugada muchos detalles anuncian un gran y radical cambio, la noche se aleja, el horizonte se aclara y bajo la luz todas las cosas van dando poco a poco su forma.  Así sucederá con la fe en el Resucitado: habrá signos que anuncian algo grande, pero sólo en el encuentro personal y comunitario con el Resucitado todo será claro, el nuevo sol se habrá levantado e irradiará la gloria de su vida inmortal.

+ María “corre” enseguida y va a informarles a los discípulos más autorizados, apenas se percata que el sepulcro del Maestro está vacío (20,2a).

Esta carrera insinúa el amor de María por el Señor. Lo seguirá demostrando en su llanto junto a la tumba vacía (20,11ss). Así María se presenta ante Pedro y el Discípulo Amado como símbolo y modelo del auténtico discípulo del Señor Jesús, que debe ser siempre movido por un amor vivo por el Hijo de Dios.

+ María confiesa a Jesús como “Señor”: “Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto” (20,2b).
A pesar de no haberlo descubierto vivo, para ella Jesús es el “Señor” (Kýrios), el Dios de la gloria y por lo tanto inmortal (lo seguirá diciendo: 20,13.10). Ella está animada por una fe vivísima en el Señor Jesús y personifica así a todos los discípulos de Cristo, que reconocen en el Crucificado al Hijo de Dios y viven para Él. 

He aquí un ejemplo para emular en las diversas circunstancias y expresiones de la existencia, sobre todo en los momentos de dificultad y aún en las tragedias de la vida. Para la fe y el corazón de esta mujer la muerte en Cruz de Jesús y su sepultura, con todo su amor por el Señor se ha revelado “más fuerte que la muerte” (Cantar 8,6).
 
4.2.- Los dos discípulos corren a la tumba (20,3-10)

A diferencia del relato que leíamos ayer en Lucas, según Juan los dos seguidores más cercanos a Jesús se impresionan con la noticia e inmediatamente se ponen en movimiento, ellos no permanecen indiferentes ni inertes, sino que toman en serio un anuncio (que tiene sujeto comunitario: “no sabemos”, v.2).
Notemos cómo las acciones de los dos discípulos se entrecruzan entre sí y superan cada vez más las primeras observaciones de María Magdalena.

+ “Se encaminaron al sepulcro” (20,3)
La mención de los dos discípulos no es causal, ambos gozan de amplio prestigio en la comunidad y la representan. Se distingue en primer lugar a Pedro, a quien Jesús llamó “Kefas” (Roca; 1,42), quien confiesa la fe en nombre de todos (Jn 6,68-69), dialoga con Jesús en la cena (13,6-10.36-38) y al final del evangelio recibe el encargo de pastorear a sus hermanos (Jn 21,15-17).  Por su parte el Discípulo Amado es el modelo del “amado” por el Señor, pero también del que “ama” al Señor (13,23; 19,26; 21,7.20).

+ “El otro discípulo llegó primero al sepulcro” (20,4)
El Discípulo Amado corre más rápido que Pedro (v.4). Esto parece aludir a su juventud, pero también a un amor mayor. ¿No es verdad que correr es propio de quien ama?

+ “Se inclinó, vio las vendas en el suelo, pero no entró” (20,5)
El discípulo amado llega primero a la tumba, pero no entra, respeta el rol de Pedro. Se limita a inclinarse y ver las vendas tiradas en la tierra. Él ve un poco más que María, quien sólo vio la piedra quitada del sepulcro.

+ “Simón Pedro entra en el sepulcro y ve las vendas en el suelo, y el sudario que cubrió su cabeza, no junto a las vendas, sino plegado en un lugar aparte” (20,6-7).

Al principio Pedro ve lo mismo que vio el Discipulado Amado, pero luego ve un poco más: ve que también el sudario que estaba sobre la cabeza de Jesús, estaba doblado aparte en un solo lugar (v.7).

Este detalle quiere indicar que el cadáver del Maestro no ha sido robado, ya que lo más probable es que los ladrones no se hubieran tomado tanto trabajo.  Por lo tanto, Jesús se ha liberado a sí mismo de los lienzos y del sudario que lo envolvían, a diferencia de Lázaro, que debió ser desenvuelto por otros (ver 11,44). Las ataduras de la muerte han sido rotas por Jesús.

La tumba y las vendas vacías no son una prueba, son simplemente un signo de que Jesús ha vencido la muerte. Sin embargo, Pedro no comprende el signo.

+ “Entonces entró también el otro discípulo... vio y creyó” (20,8) “...que según la Escritura Jesús debía resucitar de entre los muertos” (20,9)

El Discípulo Amado ahora entra en la tumba, ve todo lo que vio Pedro y da el nuevo paso que éste no dio: cree en la resurrección de Jesús.

La constatación de simples detalles despierta la fe del Discípulo Amado en la resurrección de Jesús, para él el orden que reinaba dentro de la tumba fue suficiente. No necesitó más para creer, como sí necesitó Tomás. A él se le aplica el dicho de Jesús: “dichosos los que no han visto y han creído” (v.29).

Pero ¡atención! El Discípulo Amado “vio” y “creyó” en la Escritura que anunciaba la resurrección de Jesús (v.9). Esto ya se había anunciado en Juan 2,22.  Aquí el evangelista no cita ningún pasaje particular del Primer Testamento, tampoco ningún anuncio por parte de Jesús.  Pero queda claro que la ignorancia de la Escritura por parte de los discípulos implica una cierta dosis de incredulidad (ver también 1,26; 7,28; 8,14).

La asociación entre el “ver” y el “creer” (v.8) formará en adelante uno de los temas centrales del resto del capítulo, donde se describen las apariciones del resucitado a los discípulos, para terminar diciendo: “Porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído” (v.29). Nosotros los lectores, hacemos el camino del Discípulo Amado mediante a partir de los “signos” testimoniados por él en el Evangelio (20,30-31).
 
4.3.- En la pascua Jesús se convierte en el centro de la vida y de todos los intereses del discípulo.

En la mañana del domingo la única preocupación de los tres discípulos del Señor –María, Pedro y el Discípulo Amado- es buscar al Señor, a Jesús muerto sobre la Cruz por amor pero resultado de entre los muertos para la salvación de toda la humanidad. El amor los mueve a buscar al Resucitado en ese estupor que sabe entrever en los signos el cumplimiento de las promesas de Dios y de las expectativas humanas. Entre todos, cada uno con su aporte, van delineando un camino de fe pascual.

La búsqueda amorosa del Señor se convierte luego en impulso misionero. Como lo muestra el relato, se trata de una experiencia contagiosa la que los envuelve a todos, uno tras otro.

Es así como este pasaje nos enseña que el acontecimiento histórico de la resurrección de Jesús no se conoce solamente con áridas especulaciones sino con gestos contagiosos de amor gozoso y apasionado. El acto de fe brota de uno que se siente amado y que ama, como dice San Agustín: “Puede conocer perfectamente solamente aquél que se siente perfectamente amado”.

¡Así todos nosotros, discípulos de Jesús, debiéramos amar intensamente a Jesús y buscar los signos de su presencia resucitada en esta nueva Pascua![6]
 
Los Padres de la Iglesia nos iluminan
 
El verdadero reposo del Sabbat, el que ha recibido la bendición de Dios, el que vio al Señor reposar de sus pruebas, después de haber celebrado su victoria sobre la muerte para la salvación del mundo, termina ahora. La gracia de este día se ha manifestado a nuestros ojos, a nuestros oídos, a nuestro corazón. Hemos celebrado una fiesta por todo lo que hemos visto, por todo lo que hemos oído, por todo lo que nos ha llenado de alegría. ¿Qué hemos visto? El brillo de las antorchas que llevábamos en la noche como una nube de fuego. Durante toda la noche hemos oído resonar los salmos, los himnos y los cánticos espirituales. Era como un río de alegría que pasaba, a través de nuestros oídos, a través de nuestra alma, llenándonos de felices esperanzas. Finalmente, nuestro corazón, encantado por lo que oíamos, por lo que estábamos viendo, quedaba marcado por una indecible alegría, guiado hacia lo invisible por el espectáculo que tenía ante los ojos. Lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó, nos lo ofrecían en imagen las alegrías de ese día; ellas eran la garantía de nuestra esperanza inefable en la suerte que nos espera.

(…) [Aleccionados por todo esto] meditemos, hermanos míos, sobre la profecía que dice:

Este es el día que hizo el Señor. En ella no se nos propone nada duro ni difícil, sino la alegría, la felicidad y el júbilo, porque añade: alegrémonos y gocémonos en él. ¡Hermosa ocupación! ¡Agradable precepto! ¿Quién puede demorar el cumplimiento de semejante orden? ¿Quién no se siente perjudicado por el más leve retraso en ejecutarlas? Se trata de regocijarnos, se nos manda la alegría: queda así borrada la condena pronunciada contra el pecado y nuestra desdicha queda transformada en dicha.
Una prudente máxima dice que en los días de alegría se olvidan los males. Este día nos ha traído consigo el olvido de la primera sentencia emitida contra nosotros. ¿Qué digo? No el olvido, sino la anulación. Ha borrado por completo todo recuerdo de nuestra condena. Antes de él el parto tenía lugar con sufrimiento, ahora nuestro nacimiento se produce sin dolor: es que entonces éramos carne y nacíamos de la carne; lo que nace ahora es espíritu procedente del Espíritu. Ayer nacíamos como hijos de hombres, hoy nacemos como hijos de Dios. Ayer fuimos rechazados del cielo a la tierra, hoy el enviado celestial nos ha hecho ciudadanos del cielo. Ayer reinaba la muerte gracias al pecado, hoy, gracias a la vida, la justicia toma el poder. Un solo hombre nos abrió antaño la entrada de la muerte, hoy uno solo nos vuelve a traer la vida. Ayer la muerte nos echaba de la vida, hoy es la vida quien destruye a la muerte. (…) De nuevo se nos ofrece el fruto de la vida, para que gocemos de él a voluntad; la fuente del paraíso, cuya agua nos es distribuida por los cuatro ríos de los evangelios (…) ¿Qué debemos hacer entonces, sino imitar en sus saltos a las montañas y colinas proféticas? Las montañas, se nos dice, saltarán como carneros y las colinas como corderos. Vengan entonces, cantemos llenos de alegría ante el Señor, que ha quebrado el poder del enemigo y levantado para nosotros el gran trofeo de la cruz en la ruina de su adversario. Hagamos que se oiga nuestro grito de guerra: ese grito de guerra es un canto de victoria que lanzan los vencedores contra los vencidos.

Puesto que el ejército del enemigo ha sucumbido, puesto que (…) el jefe de la tropa malvada de los demonios, ha huido, ha desaparecido (…), exclamemos también nosotros: El Señor es un Dios grande, un rey grande por encima de toda la tierra. Él ha bendecido el año coronándolo con sus bondades, y nos ha reunido en este coro espiritual, en Jesucristo, nuestro Señor, a él la gloria por los siglos. Amén[7].
 
Fuente: Departamento de Liturgia de la C.E.U.
Responsable: Monseñor Pablo Galimberti
Secretario Ejecutivo: Hugo D´Angelo S.D.B.
Asesor: Padre Rafael Costa S.D.B.
Aportes: Padre Max Alexander O.S.B
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[1] Papa Francisco, Homilía diaria en la Casa santa Marta ante algunos miembros de la Gendarmería Vaticana: 02-04-2013.
[2] Joseph Ratzinger, Imágenes de la esperanza, - Itinerarios por el año litúrgico -, Madrid 1998, 33-34
[3] Adaptado de: Eucaristía 1982, Nº 19. Tomado de www.mercaba.org
[4] Juan Pablo II, Catequesis del miércoles 12-02-2003. Levemente adaptada.
[5] E. Cothenet Las cartas a los Colosenses y a los Efesios, Estella, Navarra (CB 82), 1984, pp. 30-31.
[6] Adaptadoo del curso dictado en el Uruguay por el padre Fidel Oñoro, cjm.
[7] Gregorio de Nisa, Sermón 219. Adaptado de A. Hamman-E. Quéré-Jaulmes, El misterio de Pascua, Bilbao1998, pp. 149-150. De san Gregorio de Nisa, ignoramos la fecha del nacimiento (no antes del 331) y de su muerte, pues perdemos su rastro tras el 394. Fueron su madre y, aún más, su abuela Macrina y su hermana mayor, Macrina la Joven, quienes transmitieron a Gregorio el legado de la fe. Sabemos asimismo que Basilio, su hermano, guió sus estudios. Gregorio ejerció por un tiempo la función eclesiástica de lector y debió pasar temporadas con los miembros de su familia que habían abrazado la vida monástica. Sin embargo, abandonó el lectorado para dedicarse a la enseñanza de la retórica. Se discute si contrajo matrimonio con una tal Teosebia o ésta fue una hermana pequeña que vivió con él hasta su muerte. Sus confidencias en el “Tratado sobre la virginidad” sugieren que sí estaba casado. Su hermano Basilio, lo reintegró en el servicio eclesiástico al ordenarlo obispo. Gregorio, pese a sus dudas, recibió la ordenación episcopal para la sede de Nisa (Asia Menor) en el año 372.
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