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IV Domingo de Pascua - Jornada mundial de oración por las vocaciones

Introducción
 
Queridos hermanos y hermanas:

Cómo desearía que, a lo largo del Jubileo Extraordinario de la Misericordia, todos los bautizados pudieran experimentar el gozo de pertenecer a la Iglesia. Ojalá puedan redescubrir que la vocación cristiana, así como las vocaciones particulares, nacen en el seno del Pueblo de Dios y son dones de la divina misericordia. La Iglesia es la casa de la misericordia y la «tierra» donde la vocación germina, crece y da fruto.

Por eso, invito a todos los fieles, con ocasión de esta 53ª Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, a contemplar la comunidad apostólica y a agradecer la mediación de la comunidad en su propio camino vocacional. En la Bula de convocatoria del Jubileo Extraordinario de la Misericordia recordaba las palabras de san Beda el Venerable referentes a la vocación de san Mateo: misereando atque eligendo (Misericordiae vultus, 8). La acción misericordiosa del Señor perdona nuestros pecados y nos abre a la vida nueva que se concreta en la llamada al seguimiento y a la misión. Toda vocación en la Iglesia tiene su origen en la mirada compasiva de Jesús. Conversión y vocación son como las dos caras de una sola moneda y se implican mutuamente a lo largo de la vida del discípulo misionero.

El beato Pablo VI, en su exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, describió los pasos del proceso evangelizador. Uno de ellos es la adhesión a la comunidad cristiana (cf. n. 23), esa comunidad de la cual el discípulo del Señor ha recibido el testimonio de la fe y el anuncio explícito de la misericordia del Señor. Esta incorporación comunitaria incluye toda la riqueza de la vida eclesial, especialmente los Sacramentos. La Iglesia no es sólo el lugar donde se cree, sino también verdadero objeto de nuestra fe; por eso decimos en el Credo: «Creo en la Iglesia».

La llamada de Dios se realiza por medio de la mediación comunitaria. Dios nos llama a pertenecer a la Iglesia y, después de madurar en su seno, nos concede una vocación específica. El camino vocacional se hace al lado de otros hermanos y hermanas que el Señor nos regala: es una con-vocación. El dinamismo eclesial de la vocación es un antídoto contra el veneno de la indiferencia y el individualismo. Establece esa comunión en la cual la indiferencia ha sido vencida por el amor, porque nos exige salir de nosotros mismos, poniendo nuestra vida al servicio del designio de Dios y asumiendo la situación histórica de su pueblo santo.

En esta jornada, dedicada a la oración por las vocaciones, deseo invitar a todos los fieles a asumir su responsabilidad en el cuidado y el discernimiento vocacional. Cuando los apóstoles buscaban uno que ocupase el puesto de Judas Iscariote, san Pedroconvocó a ciento veinte hermanos (Hch. 1,15); para elegir a los Siete, convocaron el pleno de los discípulos (Hch. 6,2). San Pablo da a Tito criterios específicos para seleccionar a los presbíteros (Tt 1,5-9). También hoy la comunidad cristiana está siempre presente en el surgimiento, formación y perseverancia de las vocaciones (cfr. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 107).

La vocación nace en la Iglesia. Desde el nacimiento de una vocación es necesario un adecuado «sentido» de Iglesia. Nadie es llamado exclusivamente para una región, ni para un grupo o movimiento eclesial, sino al servicio de la Iglesia y del mundo. Un signo claro de la autenticidad de un carisma es su eclesialidad, su capacidad para integrarse armónicamente en la vida del santo Pueblo fiel de Dios para el bien de todos (ibíd., 130). Respondiendo a la llamada de Dios, el joven ve cómo se amplía el horizonte eclesial, puede considerar los diferentes carismas y vocaciones y alcanzar así un discernimiento más objetivo. La comunidad se convierte de este modo en el hogar y la familia en la que nace la vocación. El candidato contempla agradecido esta mediación comunitaria como un elemento irrenunciable para su futuro. Aprende a conocer y a amar a otros hermanos y hermanas que recorren diversos caminos; y estos vínculos fortalecen en todos la comunión.

La vocación crece en la Iglesia. Durante el proceso formativo, los candidatos a las distintas vocaciones necesitan conocer mejor la comunidad eclesial, superando las percepciones limitadas que todos tenemos al principio. Para ello, es oportuno realizar experiencias apostólicas junto a otros miembros de la comunidad, por ejemplo: comunicar el mensaje evangélico junto a un buen catequista; experimentar la evangelización de las periferias con una comunidad religiosa; descubrir y apreciar el tesoro de la contemplación compartiendo la vida de clausura; conocer mejor la misión ad gentes por el contacto con los misioneros; profundizar en la experiencia de la pastoral en la parroquia y en la diócesis con los sacerdotes diocesanos. Para quienes ya están en formación, la comunidad cristiana permanece siempre como el ámbito educativo fundamental, ante la cual experimentan gratitud.

La vocación está sostenida por la Iglesia. Después del compromiso definitivo, el camino vocacional en la Iglesia no termina, continúa en la disponibilidad para el servicio, en la perseverancia y en la formación permanente. Quien ha consagrado su vida al Señor está dispuesto a servir a la Iglesia donde esta le necesite. La misión de Pablo y Bernabé es un ejemplo de esta disponibilidad eclesial. Enviados por el Espíritu Santo desde la comunidad de Antioquía a una misión (Hch 13,1-4), volvieron a la comunidad y compartieron lo que el Señor había realizado por medio de ellos (Hch 14,27). Los misioneros están acompañados y sostenidos por la comunidad cristiana, que continúa siendo para ellos un referente vital, como la patria visible que da seguridad a quienes peregrinan hacia la vida eterna.

Entre los agentes pastorales tienen una importancia especial los sacerdotes. A través de su ministerio se hace presente la palabra de Jesús que ha declarado: Yo soy la puerta de las ovejas… Yo soy el buen pastor (Jn 10, 7.11). El cuidado pastoral de las vocaciones es una parte fundamental de su ministerio pastoral. Los sacerdotes acompañan a quienes están en buscan de la propia vocación y a los que ya han entregado su vida al servicio de Dios y de la comunidad.

Todos los fieles están llamados a tomar conciencia del dinamismo eclesial de la vocación, para que las comunidades de fe lleguen a ser, a ejemplo de la Virgen María, seno materno que acoge el don del Espíritu Santo (cf Lc 1,35-38). La maternidad de la Iglesia se expresa a través de la oración perseverante por las vocaciones, de su acción educativa y del acompañamiento que brinda a quienes perciben la llamada de Dios. También lo hace a través de una cuidadosa selección de los candidatos al ministerio ordenado y a la vida consagrada. Finalmente es madre de las vocaciones al sostener continuamente a aquellos que han consagrado su vida al servicio de los demás.

Pidamos al Señor que conceda a quienes han emprendido un camino vocacional una profunda adhesión a la Iglesia; y que el Espíritu Santo refuerce en los Pastores y en todos los fieles la comunión eclesial, el discernimiento y la paternidad y maternidad espirituales:

Padre de misericordia, que has entregado a tu Hijo por nuestra salvación y nos sostienes continuamente con los dones de tu Espíritu, concédenos comunidades cristianas vivas, fervorosas y alegres, que sean fuentes de vida fraterna y que despierten entre los jóvenes el deseo de consagrarse a Ti y a la evangelización. Sostenlas en el empeño de proponer a los jóvenes una adecuada catequesis vocacional y caminos de especial consagración. Dales sabiduría para el necesario discernimiento de las vocaciones de modo que en todo brille la grandeza de tu amor misericordioso. Que María, Madre y educadora de Jesús, interceda por cada una de las comunidades cristianas, para que, hechas fecundas por el Espíritu Santo, sean fuente de auténticas vocaciones al servicio del pueblo santo de Dios[1].
 
 
COMENTARIO BÍBLICO
 
Lecturas: Hechos 13,14. 43-52; Salmo 99; Apocalipsis 7,9. 14b-17; Juan 10,27-30.
 
1.1.- Las Lecturas de este 4º domingo de Pascua hablan todas de la vida eterna. La primera Lectura está toda ella embebida en la Palabra: aquel que rechaza esa palabra no se considera digno de la vida eterna (v. 46), mientras que, por el contrario, la acogen todos aquellos destinados a la vida eterna (v.48) y este anuncio conduce a la salvación (v. 47), como se lo dice Pedro a Jesús: tú tienes palabras de vida eterna (Jn 6,68)
 
1.2.- La segunda Lectura “describe” la vida eterna: estamos ante una inmensa multitud y todos estaban de pie delante del trono y del cordero (v. 9). La vida eterna es la superación de toda división y de toda discriminación entre las personas (tal y como la experimentamos aquí y ahora), es comunión plena y total (estaban de pie) con el Dios glorioso (delante del trono) y con su Hijo, quien realizó la salvación de la humanidad con su Pascua (el Cordero). Él es el pastor que guía a las aguas de la vida (v. 17), cuida con primor de sus ovejas, dándoles la plenitud de la vida en Dios. En el Evangelio Jesús lo dice con todas sus letras: yo les doy la vida eterna (v. 28). Los humanos son ovejas cuidadosamente custodiadas por el Señor, que es su pastor.
 
1.3.- La imagen del pastor y del rebaño es sumamente evocativa para una mentalidad bíblica. ¡Son innumerables los textos del Primer Testamento que usan esta imagen para describir la relación entre Dios y su pueblo! Es natural, por tanto, que Juan dedique casi todo el c. 10 a dos discursos de Jesús centrados en esta imagen, antes de dedicar el c. 11 para proponer un ejemplo concreto y explicativo, ya que el verdadero pastor da la vida y la concede en plenitud (haciendo resurgir a Lázaro), expresando de este modo su solicitud pastoral (¡miren cómo lo amaba! 11,36).
 
1.4.- El breve texto evangélico utilizado este domingo en la liturgia está todo él impregnado de expresiones que indican ‘relación’: entre Jesús, pastor y las ovejas, entre Jesús y el Padre. El v.27 (Mis ovejas escuchan mi voz, yo las conozco y ellas me siguen) es una especie de síntesis de todo el primer discurso (10,1-18): encontramos en ese versículo tres verbos que resumen la relación de Jesús con sus ovejas:

+ escuchan mi voz: las ovejas reconocen y siguen únicamente la voz del pastor que les es familiar. Cosa que debería ser cierta igualmente para nosotros, entre tantas voces, entre tantos que desean ser pastores, escuchar y seguir la voz de Aquel que desde siempre tiene palabras de vida.

+ Yo las conozco: nos topamos con que Jesús efectúa una hermosísima vuelta de ciento ochenta grados, ya que, si las ovejas escuchan su voz, cabría esperar que son ellas las que lo conocen. En cambio: es Él quien nos conoce a nosotros. Su Palabra es tal que con ella nos conoce, estableciendo, mediante ella, su relación con nosotros. La consecuencia es que podemos vivir nuestra fe con toda confianza: +ellas me siguen. El pastor conoce sus ovejas, sabe de sus fragilidades y debilidades, pues siempre acompasa su andar al de su rebaño (Como un pastor, él apacienta su rebaño, lo reúne con su brazo; lleva sobre su pecho a los corderos y guía con cuidado a las que han dado a luz. Is 40,11).
 
1.5.- Después de haber descrito con esta hermosísima imagen la relación que lo une a los seres humanos, Jesús pasa a describir qué cosa comporta una relación tan estrecha y tan fecunda. En tres breves frases proclama lo absoluto de su obra salvadora. Él nos otorga la plenitud y la totalidad de la vida (Yo les doy la vida eterna): ¡qué más pude desearse! Este don es confirmado con tal solemnidad que Jesús lo hace resonar en forma negativa, para que nadie se engañe o piense que exista fuerza alguna capaz de oponérsele: ellas no perecerán jamás. Jesús es el verdadero pastor que da la vida por las ovejas para que tengan vida, vida sin posibilidades de verse amenazada.

Por último, pero no en último lugar Jesús reconfirma y asegura la unión vital e indisoluble que lo une, como pastor, a sus ovejas: nadie las arrebatará de mis manos. El cuidado del Señor es tal que estamos protegidos por sus manos, que sólo se abrirá para hacerse aun más protectora, cuando sea clavada en la cruz.
 
1.6.- Jesús agrega, por así decirlo, una mayor garantía, haciendo referencia al Padre: las ovejas pertenecen al Padre, que se las ha confiado al Hijo como pastor; dado que el Padre está sobre todos, es impensable que alguien pueda tener la capacidad de arrebatárselas. Jesús remite todo al Padre y a su autoridad, edificando algo hermoso: Él, el Hijo tendría todos los títulos para ser el garante como pastor de la humanidad. En cambio, con profunda humildad y con auténtico sentido de la grandeza de Dios, Jesús prefiere presentarse como relativo al Padre, sin sentirse disminuido por ello. Todo es del Padre, y por tanto, al recibirlo de Él, no puede no reconocerse como destinatario de todo, no considerando esta igualdad con Dios como algo que debía guardar celosamente (Cf. Filp 2,6), sino siendo fiel a la dinámica del don gratuito recibido.

Jesús reconoce la unidad entre el Padre y el Hijo: son una sola cosa en el don total, amante y gratuito que se ocupa al cuidado de todas las personas. La unidad de Dios tiene una dimensión profundamente dinámica: el Padre se da totalmente al Hijo y le da todo para que el dé la vida eterna. El Hijo recibe el don, y reconociendo en él el corazón del Padre, haciéndose, a su vez, don, para que finalmente el ser humano, la historia, la creación vivan la misma vida que está en Dios.
 
 
Primera Lectura: Hechos de los Apóstoles 13, 14. 43-52
 
2.1.- La primera lectura es la conclusión o consecuencia de otro de los discursos kerygmáticos, de los que aparecen frecuentemente en el libro de los Hechos. Pero esta vez es Pablo su artífice y ante un auditorio judío, si bien con presencia de paganos que se habían hecho prosélitos o temerosos de Dios. Ya se han roto las barreras fundamentales entre cristianismo y judaísmo. Los seguidores de Jesús han recibido un nombre nuevo, el de “cristianos”, en la gran ciudad de Antioquía de Siria, y esta comunidad ha delegado a Bernabé y Pablo para anunciar el evangelio entre los paganos. Es una opción muy determinada y determinante de dicha comunidad, ya que podrá constatarse que el Señor ha abierto la puerta de la fe a los paganos.
 
2.2.- Todavía son tímidas estas iniciativas, pero resultarán concluyentes. Ahora, en la otra Antioquía, en la de Pisidia, se nos ofrece un discurso típico (independientemente del de Pedro en casa de Cornelio, c. 10). El sábado siguiente, el número de paganos se acrecienta, y los judíos de la ciudad no lo podrán soportar. Sobre el texto de Is 49,6 se justifica que los cristianos proclamen el evangelio de la vida a aquellos que la buscan con sincero corazón. El evangelio es ese juicio crítico contra nuestras posturas de tibieza y comodidad que son signos de muerte más que caminos de vida. La consecuencia del primer discurso de Pablo en los Hechos de los Apóstoles no se hará esperar. Lucas le ha reservado este momento en que ya se dejan claras ciertas posturas que se verán confirmadas en Hechos 15, acerca la aceptación definitiva de los paganos en el seno de la comunidad judeo-cristiana.
 
 
Salmo Responsorial: Salmo 99
 
3.1.- La tradición de Israel ha atribuido al himno de alabanza que se acaba de proclamar el título de "Salmo para la todáh", es decir, para la acción de gracias en el canto litúrgico, por lo cual se adapta bien para entonarlo en las Laudes de la mañana. En los pocos versículos de este himno gozoso pueden identificarse tres elementos tan significativos, que su uso por parte de la comunidad orante cristiana resulta espiritualmente provechoso.

3.2.- Está, ante todo, la exhortación apremiante a la oración, descrita claramente en dimensión litúrgica. Basta enumerar los verbos en imperativo que marcan el ritmo del Salmo y a los que se unen indicaciones de orden cultual: Aclamad..., servid al Señor con alegría, entrad en su presencia con vítores. Sabed que el Señor es Dios... Entrad por sus puertas con acción de gracias, por sus atrios con himnos, dándole gracias y bendiciendo su nombre (vv. 2-4). Se trata de una serie de invitaciones no sólo a entrar en el área sagrada del templo a través de puertas y atrios (cf. Sal 14, 1; 23, 3. 7-10), sino también a aclamar a Dios con alegría.

Es una especie de hilo constante de alabanza que no se rompe jamás, expresándose en una profesión continua de fe y amor. Es una alabanza que desde la tierra sube a Dios, pero que, al mismo tiempo, sostiene el ánimo del creyente.
 
3.3.- Quisiera reservar una segunda y breve nota al comienzo mismo del canto, donde el salmista exhorta a toda la tierra a aclamar al Señor (cf. v. 1). Ciertamente, el Salmo fijará luego su atención en el pueblo elegido, pero el horizonte implicado en la alabanza es universal, como sucede a menudo en el Salterio, en particular en los así llamados "himnos al Señor, rey" (cf. Sal 95-98). El mundo y la historia no están a merced del destino, del caos o de una necesidad ciega. Por el contrario, están gobernados por un Dios misterioso, sí, pero a la vez deseoso de que la humanidad viva establemente según relaciones justas y auténticas: él afianzó el orbe, y no se moverá; él gobierna a los pueblos rectamente. (...) Regirá el orbe con justicia y los pueblos con fidelidad (Sal 95, 10. 13).
 
3.4.- Por tanto, todos estamos en las manos de Dios, Señor y Rey, y todos lo celebramos, con la confianza de que no nos dejará caer de sus manos de Creador y Padre. Con esta luz se puede apreciar mejor el tercer elemento significativo del Salmo. En efecto, en el centro de la alabanza que el salmista pone en nuestros labios hay una especie de profesión de fe, expresada a través de una serie de atributos que definen la realidad íntima de Dios. Este credo esencial contiene las siguientes afirmaciones: el Señor es Dios, el Señor es nuestro creador, nosotros somos su pueblo, el Señor es bueno, su misericordia es eterna y su fidelidad no tiene fin (cf. vv. 3-5).
 
3.5.- Tenemos, ante todo, una renovada confesión de fe en el único Dios, como exige el primer mandamiento del Decálogo: Yo soy el Señor, tu Dios. (...) No habrá para ti otros dioses delante de mí (Ex 20, 2. 3). Y como se repite a menudo en la Biblia: Reconoce, pues, hoy y medita en tu corazón que el Señor es el único Dios allá arriba en el cielo, y aquí abajo en la tierra; no hay otro (Dt 4, 39). Se proclama después la fe en el Dios creador, fuente del ser y de la vida. Sigue la afirmación, expresada a través de la así llamada "fórmula del pacto", de la certeza que Israel tiene de la elección divina:  Somos suyos, su pueblo y ovejas de su rebaño (v. 3). Es una certeza que los fieles del nuevo pueblo de Dios hacen suya, con la conciencia de constituir el rebaño que el Pastor supremo de las almas conduce a las praderas eternas del cielo (cf. 1 P 2, 25).

3.6.- Después de la proclamación de Dios uno, creador y fuente de la alianza, el retrato del Señor cantado por nuestro Salmo prosigue con la meditación de tres cualidades divinas exaltadas con frecuencia en el Salterio: la bondad, el amor misericordioso (hésed) y la fidelidad. Son las tres virtudes que caracterizan la alianza de Dios con su pueblo; expresan un vínculo que no se romperá jamás, dentro del flujo de las generaciones y a pesar del río fangoso de los pecados, las rebeliones y las infidelidades humanas. Con serena confianza en el amor divino, que no faltará jamás, el pueblo de Dios se encamina a lo largo de la historia con sus tentaciones y debilidades diarias.

Y esta confianza se transforma en canto, al que a veces las palabras ya no bastan, como observa San Agustín: "Cuanto más aumente la caridad, tanto más te darás cuenta de que decías y no decías. En efecto, antes de saborear ciertas cosas creías poder utilizar palabras para mostrar a Dios; al contrario, cuando has comenzado a sentir su gusto, te has dado cuenta de que no eres capaz de explicar adecuadamente lo que pruebas. Pero si te das cuenta de que no sabes expresar con palabras lo que experimentas, ¿acaso deberás por eso callarte y no alabar? (...) No, en absoluto. No serás tan ingrato. A él se deben el honor, el respeto y la mayor alabanza. (...) Escucha el Salmo:  Aclama al Señor, tierra entera. Comprenderás el júbilo de toda la tierra, si tú mismo aclamas al Señor" (Exposiciones sobre los Salmos III, 1, Roma 1993, p. 459)[2].
 
 
Segunda Lectura: Apocalipsis 7,9.14-17[3]
 
4.1.- La visión del Apocalipsis de este domingo para nada quiere ser elitista, no, es litúrgica, como corresponde al mundo simbólico, pues muestra cómo se reúnen todos los hombres de toda raza, lengua y lugar: son todos los que han vivido y han luchado por un mundo mejor, como hizo Jesucristo. Los vestidos blancos y la palma de la mano denotan vida tras la muerte violenta, como la victoria del mismo Señor resucitado.
 
4.2.- Si en su vida cada uno pudo luchar por una causa, el visionario de Patmos ve que ahora todos viven en comunión proclamando y alabando la causa del Señor Jesús como suya propia. No habrá más hambre, ni sed, y todos beberán de la fuente de agua viva. Es toda una revelación de resurrección. Eso es lo que nos espera tras la muerte, por eso merece la pena luchar por la causa de Jesús.
 
 
Los Maestros de fe nos iluminan
 
“… Si Dios Padre es amor y el Hijo es también amor y, por otra parte, amor y amor son una sola cosa y en nada se diferencian, se sigue que el Padre y el Hijo son justamente una sola cosa. Y por esta razón es pertinente que Cristo, igual que se llama sabiduría, fuerza, palabra y verdad, se llame también amor (...).

Efectivamente, por naturaleza todos somos prójimos unos de otros; sin embargo, por las obras del amor, el que puede hacer bien se convierte en prójimo del que no puede. De ahí que también nuestro Salvador se hiciera prójimo nuestro, y que no pasara de largo cuando yacíamos medio muertos por las heridas de los salteadores [...].

Sin embargo, es de saber que de este amor se debieran decir tantas cosas cuantas se dicen de Dios, puesto que él mismo es amor. Efectivamente, así como nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar (Mt 11,23), así también al amor nadie lo conoce sino el Hijo. Y, de modo parecido, puesto que también él es amor, al Hijo mismo nadie lo conoce sino el Padre. Y por el hecho de llamarse amor, sólo es santo el Espíritu que procede del Padre y, por eso, conoce lo que hay en Dios, igual que el espíritu del hombre conoce lo que hay en el hombre”[4]
 
Fuente: Departamento de Liturgia de la C.E.U.
Responsable: Monseñor Pablo Galimberti
Secretario Ejecutivo: Hugo D´Angelo S.D.B.
Asesor: Padre Rafael Costa S.D.B.
Aportes: Padre Max Alexander O.S.B
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[1] Papa Francisco, Mensaje para la 53a Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones: 29-11-2015
[2] Juan Pablo II, Catequesis primera sobre el Salmo 99: 07-11-2001.
[3] En la tercera plegaria eucarística la intercesión por los difuntos retoma esta hermosa y consoladora expresión del Ap 7,17: Dios secará toda lágrima de sus ojos.
[4] Orígenes, Comentario al Cantar de los Cantares, Prólogo, 2, 26-27. 31 (SCh 375 [Paris 1991], pp. 110-111. 114-115). Traducción. en: La predicación en los Padres de la Iglesia. Antología de textos patrísticos, Madrid, 1992, p. 35 (BAC 519). Orígenes nació hacia el 185 en una familia cristiana de Alejandría, su padre murió mártir durante la persecución de Severo (202). Como su patrimonio había sido confiscado por la administración imperial tuvo que dedicarse a la enseñanza para subsistir y sostener a su familia. Se le confió la escuela de catecúmenos de Alejandría, que dirigió llevando una vida ejemplar. Durante el período que va del 203 al 231, en que dirigió dicha escuela, viajó a Roma, Arabia y a Palestina con ocasión del saqueo de Alejandría por Caracalla. Ordenado sacerdote de paso por Cesárea. Demetrio de Alejandría, quien según Eusebio, movido por la envidia, convocó un sínodo en el que, argumentando que un castrado no podía recibir la ordenación sacerdotal,  excomulgó a Orígenes. En el 231 otro sínodo lo depuso del sacerdocio. A la muerte de Demetrio (232), Orígenes regresó a Alejandría, pero Heracles, el nuevo obispo,- ¡antiguo discípulo suyo! -, renovó la excomunión. Ante aquella situación Orígenes partió a Cesárea de Palestina, comenzando así una etapa distinta de su vida, pues el obispo de esta ciudad lo invitó a fundar allí una [nueva] escuela de teología. Hacia el 244 volvió a Arabia, logrando convencer al obispo de Bostra, Berilo, del error de su monarquianismo. Tras pasar por numerosas penalidades durante la persecución de Decio, murió en Tiro el año 253.
“(…) Los invito a acoger en su corazón la enseñanza de [Orígenes] este gran maestro en la fe, el cual nos recuerda con entusiasmo que, en la lectura orante de la Escritura y en el compromiso coherente de la vida, la Iglesia siempre se renueva y rejuvenece. La palabra de Dios, que ni envejece ni se agota nunca, es medio privilegiado para ese fin. En efecto, la palabra de Dios, por obra del Espíritu Santo, nos guía continuamente a la verdad completa. Pidamos al Señor que nos dé hoy pensadores, teólogos y exégetas que perciban estas múltiples dimensiones, esta actualidad permanente de la sagrada Escritura, su novedad para hoy”. (§ tomado de la catequesis sobre Orígenes de Benedicto XVI, 25-04-2007).
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