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V Domingo de Tiempo Ordinario - Ciclo A

Introducción 

0.1.- La Ley nueva o Ley evangélica es la perfección aquí abajo de la ley divina, natural y revelada. Es obra de Cristo y se expresa particularmente en el Sermón de la Montaña. Es también obra del Espíritu Santo, y por él viene a ser la ley interior de la caridad: Concertaré con la casa de Israel una alianza nueva… pondré mis leyes en su mente, en sus corazones las grabaré; y yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo (Hb 8, 8-10).La Ley nueva es la gracia del Espíritu Santo dada a los fieles mediante la fe en Cristo. Actúa por la caridad, utiliza el Sermón del Señor para enseñarnos lo que hay que hacer, y los sacramentos para comunicarnos la gracia de realizarlo:“El que quiera meditar con piedad y perspicacia el Sermón que nuestro Señor pronunció en la montaña, según lo leemos en el Evangelio de san Mateo, encontrará en él sin duda alguna la carta perfecta de la vida cristiana… Este Sermón contiene todos los preceptos propios para guiar la vida cristiana”. [San Agustín] 

0.2.- La Ley evangélica “da cumplimiento”, purifica, supera, y lleva a su perfección la Ley antigua. En las “Bienaventuranzas” da cumplimiento a las promesas divinas elevándolas y ordenándolas al “Reino de los cielos”. Se dirige a los que están dispuestos a acoger con fe esta esperanza nueva: los pobres, los humildes, los afligidos, los limpios de corazón, los perseguidos a causa de Cristo, trazando así los caminos sorprendentes del Reino.La Ley evangélica lleva a plenitud los mandamientos de la Ley. El Sermón del monte, lejos de abolir o devaluar las prescripciones morales de la Ley antigua, extrae de ella sus virtualidades ocultas y hace surgir de ella nuevas exigencias: revela toda su verdad divina y humana. No añade preceptos exteriores nuevos, pero llega a reformar la raíz de los actos, el corazón, donde el hombre elige entre lo puro y lo impuro, donde se forman la fe, la esperanza y la caridad, y con ellas las otras virtudes. El Evangelio conduce así la Ley a su plenitud mediante la imitación de la perfección del Padre celestial, mediante el perdón de los enemigos y la oración por los perseguidores, según el modelo de la generosidad divina. 

0.3.- La Ley nueva practica los actos de la religión: la limosna, la oración y el ayuno, ordenándolos al Padre que ve en lo secreto, por oposición al deseo de servisto por los hombres. Su oración es el Padre Nuestro.La Ley evangélica entraña la elección decisiva entre “los dos caminos” y la práctica de las palabras del Señor; está resumida en la regla de oro: Todo  lo que deseen que los demás hagan por ustedes, háganlo por ellos: en esto consiste la Ley y los Profetas (Mt 7,12). Toda la Ley evangélica está contenida en el mandamientonuevo de Jesús (Jn 13,34): ámense los unos a los otros como Él nos ha amado[1]. 

COMENTARIO BÍBLICO

Primera Lectura: Eclesiástico 15,15-20 

1.1.- El sabio Ben Sira quiere salvaguardar los valores judíos tradicionales frente a la penetración de la cultura griega en Israel/Palestina, poco después del año 200 a. C.,  enseña a los jóvenes a seguir el camino de la vida, tal como Dios se lo había revelado a Moisés.

– v 15: llamada enérgica a la libertad del hombre y a su responsabilidad, frente al fatalismo y al pesimismo. Un instinto malo habita en el corazón del hombre desde su juventud (Gn 6,5).

– v 16: relectura/actualización de Dt 30,15 sobre la necesaria elección entre  dos caminos: uno conduce a la vida por el cumplimiento de la Alianza, gracias a la observancia de los mandamientos (Salmo 119/118); el otro conduce a la muerte por el pecado (cf Salmo 1).

– v 19 nada escapa a la mirada de Dios (cf. Sal 138/139), que no es indiferente a la conducta de los hombres, como lo piensan los insensatos (Sal 13/14,1) Se vuelve favorablemente hacia los que le temen. 

1.1.1.- Dios mismo solicitó la libertad de Israel para que se comprometiera en la Alianza. Los sabios de Israel llaman a la responsabilidad del creyente, pues es capaz de elegir el bien y ser fiel a la Ley (cf Dt 30,11. 14-16). No hay que olvidar, sin embargo, las coacciones sicológicas o sociales que restringen el campo de la libertad, la tiranía de la carne de la que habla san Pablo (Rom 7)[2].  

Salmo Responsorial: Salmo 118(119), 1-2. 4-5. 17-18. 33-34 

2.1.- El Salmo 118(119) es EL salmo de LA escucha por antonomasia. Alaba y elogia la Palabra. Es una Cantata a la Palabra escuchada: la Palabra de Dios escuchada amorosamente por el ser humano. Es el testimonio del diálogo del AMADO con  AQUEL QUE ES AMADO: del creyente con su Dios. No elogia prescripciones, sino que canta el don, el regalo, de lograr atisbar al menos la espalda del Señor (leer Ex 33,18-23). Jamás en el salmo la Ley[3] se interpone entre Dios y el hombre justo, bueno y fiel que amorosamente lo busca; nuestro salmo jamás muestra estar preocupado por una observancia apenas formal o ritual de la Palabra de Dios. ¡Todo lo contrario! El Salmo está plasmado por la más pura confesión de fe, por los gritos de gozo provocados por el conocimiento de la voluntad de Dios; de estupor ante las maravillas de su Voluntad. Ni siquiera  se citan las cláusulas del Decálogo, porque lo que en este salmo cuenta es: ‘la sumisión del corazón al Señor’, siendo la observancia de los mandamientos una ocasión y un medio para expresar el deseo de una adhesión total y absoluta a Dios. Si resulta ser verdad que  amar significa hacer la voluntad de aquel que se ama[4], entonces el Salmo 119 es sin duda  fruto del inefable arte con el que la persona que AMA habla de aquel a quien AMA.  DIOS, el AMADO parece estar ausente del Salmo y callar[5]; parece no intervenir a través de oráculos o visiones, sin embargo está más presente que nunca y el que es AMADO[6] “protesta” y reafirma su cercanía tanto en la prueba, como en la pobreza, en la angustia como en la humillación, que no le ocurrieron por casualidad, sino que le fueron “enviados providencialmente” por el Señor, para enseñarle sus caminos.

2.2.- Como en el Evangelio, en este Salmo se cumple la paradoja  de que Dios muestra su amor fiel al empequeñecer al “que se engrandece” y engrandecer al “pobre”, pequeño y humilde (ver Sal 119,67; 71; 75 y 92). Dicha fidelidad misericordiosa de Dios llega a su máxima expresión cuando hace caer en la cuenta al orante que recita el salmo, que a pesar de todos sus esfuerzos no es más que  una oveja que bala, extraviada y perdida. ¿Quién, sino el ‘Buen Pastor’ podía ir en su busca, lleno de amor y de ternura (Sal 119,176? ¡Precisamente el último verso de nuestro salmo!). En otras palabras, el Salmo brota de una experiencia pascual de dolor y muerte que por el amor del Señor se transfigura  en vida y resurrección[7].  

Segunda Lectura: Primera carta a los corintios 2,6-10 

3.1. - El contexto de la exposición de la Sabiduría de Dios y su contraste con la del mundo, tema de los primeros capítulos de esta carta, Pablo comienza a desarrollar el punto de la revelación de Dios.La sabiduría de Dios es Cristo (cf. 1Co 1,30). Es importante esta identificación. El plan de Dios, fruto de su sabiduría, es realizado y aún concebido por y en Cristo. Ya se sabe que además las distinciones entre las personas divinas en cuanto a su acción hacia afuera son siempre imperfectas y aproximadas. En todo caso queda claro que esa acción de Dios está totalmente vinculada con Cristo y con el Espíritu (2,10). 

3.2.- Pablo contrapone este plan de Dios con la actitud del hombre seguro de sí, cerrado sobre él mismo, confiado en su estrecha visión de la realidad. Son lospríncipes de este mundo, sometidos, a su pesar, a otros señores distintos de Dios.Este hombre se priva, como mínimo, de participar en ese destino que Dios ha concebido para él. Con lo cual fracasa radicalmente. El hombre, para ser él mismo, tal como Dios lo ha pensado y realizado, tiene que ser centro descentrado de sí hacia el Señor y hacia sus hermanos, con lo cual, al realizar su destino, es más feliz y más hombre en último término. El cerrarse sobre uno mismo, en contra o al margen de Cristo-Sabiduría y, por consiguiente, de los demás, lejos de ser más hombre, pierde esa condición y se deshumaniza. ¡Paradojas del ser humano/divino![8]  

Evangelio: san Mateo  5,17-37 (ó, más breve: 5,20-22a. 27-28. 33-34a. 37) 

4.1.- La mayor parte del Sermón de la Montaña (cf. Mt 5,17-7, 27) está dedicada al mismo tema: tras una introducción programática, que son las Bienaventuranzas, nos presenta, por así decirlo, la Torá del Mesías. También si tenemos en cuenta los destinatarios y los propósitos, hay una analogía con la Carta a los Gálatas: Pablo escribe a judeocristianos que habían comenzado a dudar sobre si no sería una obligación seguir observando toda la Torá, tal como ésta se había comprendido hasta entonces. 

4.1.1.- Esta incertidumbre se refería sobre todo a la circuncisión, a los preceptos sobre los alimentos, a todo lo concerniente a la purificación y a la forma de observar el sábado. Pablo ve en esto un retroceso respecto a la novedad mesiánica, con el cual se pierde lo fundamental del cambio que se ha producido: la universalización del pueblo de Dios, en virtud de la cual Israel puede abarcar ahora a todos los pueblos del mundo y el Dios de Israel ha sido llevado realmente -según las promesas- a todos los pueblos, se manifiesta como el Dios de todos ellos, como el único Dios.Ya no es decisiva la «carne» -la descendencia física de Abraham-, sino el «espíritu»: el participar en la herencia de fe y de vida de Israel mediante la comunión con Jesucristo, el cual «espiritualiza» la Ley convirtiéndola así en camino de vida abierto a todos. En el Sermón de la Montaña Jesús habla a su pueblo, a Israel, en cuanto primer portador de la promesa. Pero al entregarle la nueva Torá lo amplía, de modo que ahora, tanto de Israel como de los demás pueblos, pueda nacer una nueva gran familia de Dios. 

4.1.2.- Mateo escribió su Evangelio para judeocristianos y pensando en el mundo judío, para dar nuevo vigor al gran impulso que había llegado con Jesús. A través de su Evangelio, Jesús habla de modo nuevo y de continuo a Israel. En el momento histórico de Mateo, habla muy especialmente a los judeocristianos, que reconocen así la novedad y la continuidad de la historia de Dios con la humanidad, comenzada con Abraham, y del cambio profundo introducido en ella por Jesús; así deben encontrar el camino de la vida. 

4.2.- Pero, ¿cómo es esa Torá del Mesías? Al comienzo, y como encabezamiento y clave de interpretación, nos encontramos, por así decirlo, con unas palabras siempre sorprendentes y que aclaran de modo inequívoco la fidelidad de Dios a sí mismo y la lealtad de Jesús a la fe de Israel: No piensen que vine para abolir la Ley o los Profetas: yo no he venido a abolir, sino a dar plenitud/cumplimiento. Les aseguro que antes ni una y ni una coma de la Ley, antes que desaparezcan el cielo y la tierra, hasta que todo se realice.  El que no cumpla el más pequeño de estos mandamientos, y enseñe a los otros a hacer lo mismo, será considerado el menor en el Reino de los Cielos. En cambio, el que los cumpla y enseñe, será considerado grande en el Reino de los Cielos. (Mt 5,17-19). 

4.3.- No se trata de abolir, sino de llevar a cumplimiento, y este cumplimiento exige algo más y no algo menos de justicia, como Jesús dice a continuación:Les aseguro que si la justicia de ustedes no es superior a la de los escribas y fariseos, no entrarán en el Reino de los Cielos (5,20). ¿Se trata, pues, tan sólo de un mayor rigorismo en la obediencia de la Ley? ¿Qué es si no esta justicia mayor? 

4.3.1.- Si al comienzo de la «relectura» -de la nueva lectura de partes esenciales de la Torá- se pone el acento en la máxima fidelidad, en la continuidad inquebrantable, al seguir leyendo llama la atención que Jesús presenta la relación de la Torá de Moisés con la Torá del Mesías mediante una serie de antítesis: Ustedes han oído que se dijo a los antepasados, pero yo les digo. El Yo de Jesús destaca de un modo como ningún maestro de la Ley se lo puede permitir. La multitud lo nota; Mateo nos dice claramente que el pueblo “estaba espantado” de su forma de enseñar. No enseñaba como lo hacen los rabinos, sino como alguien que tiene “autoridad” (7, 28; cf. Mc 1, 22; Lc 4, 32). Naturalmente, con estas expresiones no se hace referencia a la calidad retórica de las palabras de Jesús, sino a la reivindicación evidente de estar al mismo nivel que el Legislador, a la misma altura que Dios. El “espanto” (término que normalmente se ha suavizado traduciéndolo por “asombro”) es precisamente el miedo ante una persona que se atreve a hablar con la autoridad de Dios. De esta manera, o bien atenta contra la majestad de Dios, lo que sería terrible, o bien -lo que parece prácticamente inconcebible- está realmente a la misma altura de Dios[9].  

Los Padres de la Iglesia nos iluminan 

Les  aseguro: si no son mejores que los letrados y fariseos, no entrarán en el reino de los cielos; es decir, si no sólo cumplen aquellos preceptos menos importantes que vienen a ser como una iniciación para el hombre, sino además estos que yo añado, yo que no he venido a abolir la ley, sino a darle plenitud, no entrarán en el reino de los cielos.Pero me dirás: Si cuando al hablar, unas líneas más arriba, de aquellos preceptos menos importantes, afirmó que, en el reino de los cielos, será menos importante el que se saltee uno solo de estos preceptos, y se lo enseñe así a los hombres, y que será grande quien los cumpla y enseñe –de donde se sigue que el tal estará en el reino de los cielos, pues se le tiene por grande en él–, ¿qué necesidad hay de añadir nuevos preceptos a los mínimos de la ley, si puede estar ya en el reino de los cielos, puesto que es tenido por grande quien los cumpla y enseñe? En consecuencia dicha sentencia hay que interpretarla así: Pero quien los cumpla y enseñe así, será grande en el reino de los cielos, esto es, no en la línea de esos preceptos menos importantes, sino en la línea de los preceptos que yo voy a dictar. Y ¿cuáles son estos preceptos?Que sean mejores que los letrados y fariseos –dice–, porque de no ser mejores, no entrarán en el reino de los cielos. Luego quien se saltee uno solo de los preceptos menos importantes, y se lo enseñe así a los hombres, será el menos importante; pero quien los cumpla y enseñe, no inmediatamente habrá de ser tenido ya como grande e idóneo para el reino de los cielos, pero al menos no será tan poco importante como el que se los saltare. Para poder ser grande e idóneo para el reino, debe cumplir y enseñar como Cristo ahora enseña, es decir, que sea mejor que los letrados y fariseos.La justicia de los fariseos se limita a no matar; la justicia de los destinados a entrar en el reino de los cielos ha de llegar a no estar peleado sin motivo. No matar es lo mínimo que puede pedirse, y quien no lo cumpla será el menos importante en el reino de los cielos. En cambio, el que cumpla el precepto de no matar, no inmediatamente será tenido por grande e idóneo para el reino de los cielos, pero al menos sube un grado.Llegará a la perfección si no anda peleado sin motivo; y si esto cumple, estará mucho más alejado del homicidio. En consecuencia, quien nos enseña a no andar peleados, no deroga la ley de no matar, sino que le da plenitud, de suerte que conservemos la inocencia: en el exterior, no matando; en el corazón, no irritándonos[10]. 

Fuente: Conferencia Episcopal Uruguaya
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[1] Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1965-1970. Levemente adaptado.
[2] Adaptado de: É. Cothenet – Ph. Gruson – M. Sevin – R. Varro – Cl. Wiéner, Las primeras lecturas del domingo del tiempo ordinario, Estella (Navarra) 1999 (CB 100), p.16.
[3] Ley, en hebreo Torá,  es mejor entenderla como “instrucción”, como “enseñanza”: por su etimología Torá designa la dirección que  el hombre justo y piadoso (ver Sal 1; 18(19); etc) debe seguir en su vida. Por lo tanto Ley es a la vez indicación de la meta a la que hay que tender, doctrina y norma (= camino) para llegar a dicha meta. Leer Regula Benedicti 73,3: san Benito entiende que su mínima Regla de iniciación, cumple justamente esa noble y humilde función, la de remitir, leída en el marco de la tradición, a toda página del Antiguo o del Nuevo Testamento, que son rectísima norma (= Torá) de vida humana.
[4] Dice Jesús en Jn 15,10: Si cumplen mis mandamientos permanecerán en mi amor, como yo cumplí los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.
[5] Leer con toda atención los versículos 1, 2 y 3 de nuestro Salmo ¿Quién los pronuncia? ¡Ellos son el secreto, la clave de lectura, tanto para leer este salmo como para saber cuál es la ‘esencia’ de toda lectio divina: UN BUSCAR A DIOS, POR HABER SIDO PREVIAMENTE ENCONTRADOS POR ÉL!
[6] ¡Casi como anticipando al discípulo amado del cuarto Evangelio!
[7] P. M. Alexander, Curso sobre el Salterio, capítulo 6º, pp. 3-4
[8] F. Pastor, Dabar 1987/15. Adaptado de www.mercaba.org
[9] J. Ratzinger,- Benedicto XVI -, Jesús de Nazaret,-  Primera Parte: Desde el Bautismo a la Transfiguración, (Traducción de C. Bas Álvarez), Madrid, México, Buenos Aires 20071, pp. 123-126.Adaptado.
[10] San Agustín, Sermón sobre el discurso del Monte 1, 9, 21 CCL 35, 22-23. Agustín nació el 13 de noviembre del 354 en Tagaste, Numidia, hijo de un consejero municipal y modesto propietario. Estudió en Tagaste, Madaura y Cartago. Enseñó gramática en Tagaste (374) y retórica en Cartago (375-383), Roma (384) y Milán (384-386). Tras leer el Hortensio de Cicerón (373) inició su búsqueda espiritual que le llevaría primero a adoptar posturas racionalistas y, posteriormente, maniqueas.  Decepcionado del maniqueísmo tras su encuentro con el obispo maniqueo Fausto, cayó en el escepticismo. Llegado a Milán, la predicación de Ambrosio le impresionó, llevándole a la convicción de que la autoridad de la fe es la Biblia, a la que la Iglesia apoya y lee. La influencia neo-platónica disipó algunos de los obstáculos que encontraba para aceptar el cristianismo, pero el impulso definitivo le vino de la lectura de la carta del apóstol Pablo a los romanos en la que descubrió a Cristo no sólo como maestro sino también como salvador. Era agosto del 386. Tras su conversión renunció a la enseñanza y también a la mujer con la que había vivido durante años y que le había dado un hijo. Tras un breve retiro en Casiciaco, regresó a Milán donde fue bautizado por Ambrosio junto con su hijo Adeodato y su amigo Alipio. Tras una estancia breve en Roma — en el puerto de Ostia murió su madre, Mónica — se retiró a Tagaste donde inició un proyecto de vida monástica. En el 391 fue ordenado — no muy a su placer — sacerdote en Hipona y fundó un monasterio. En el 395 fue consagrado obispo, siendo desde el 397 titular de la sede. Aparte de la ingente tarea pastoral — que iba desde la administración económica al enfrentamiento con las autoridades políticas, pasando por las predicaciones dos veces a la semana, pero en muchos casos dos veces al día y varios días seguidos — desarrolló una fecundísima actividad teológica que le llevó a enfrentarse con maniqueos, donatistas, pelagianos, arríanos y paganos. Fue el principal protagonista de la solución del cisma donatista, aunque resulta discutible la legitimación que hizo del uso de la fuerza para combatir la herejía, así como de la controversia pelagiana. Murió en el 430 durante el asedio de Hipona por los vándalos.
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