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XXXII Domingo del Tiempo Ordinario - Ciclo A

DOMINGO XXXII DEL TIEMPO ORDINARIO
12 de noviembre de 2017 – Ciclo A

“La sabiduría es radiante e inmarcescible, la ven fácilmente los que la aman y la encuentran los que la buscan”.

Con esta actitud nos acercamos a la Palabra que el Señor nos regala en la Santa Misa de este XXXII Domingo del tiempo litúrgico ordinario en el ciclo A.

Faltan tan solo dos domingos para concluir el año litúrgico y el Evangelio de Mateo nos presenta a Jesús que llega a Jerusalén en la vigilia de su pasión y muerte.  En este clima de tensa espera, Jesús nos anticipa el misterio de la partida –suya y nuestra– con un de sus más hermosas parábolas: la parábola de las diez vírgenes.

Se trata de diez jóvenes mujeres que, de acuerdo a las costumbres de su tierra, acompañan a la novia en la larga espera del novio que ha de llegar al anochecer con el cortejo nupcial.

Sabemos que el signo nupcial era muy propio de la predicación de los profetas, como podemos ver en Oseas (1-5), Ezequiel (16) e Isaías (24 y 62), hasta convertirse en tema único de un entero libro veterotestamentario, el Cantar de los Cantares.  Y la relación de amor entre dos esposos es vista como el camino más luminoso para definir la relación íntima y personal que existe entre Dios y el hombre.

Retornando a la parábola, el último día de los festejos preparatorios, al atardecer, el novio iba con sus amigos a la casa de la novia que esperaba su llegada acompañada de las amigas de juventud.  La oscuridad de la noche era iluminada por las antorchas y resonaban los cantos de los amigos hasta que, llegados a la casa de la novia, la invitaban a unirse con sus amigas al cortejo, formando una sola comitiva que se encaminaba hacia la casa del novio, en la cual se celebraría la boda y se consumiría el banquete nupcial.

Pero esa espera se estaba prolongando demasiado y algunas de la amigas se quedaron sin aceite sus lámparas.  Las otras no querían compartir lo suyo con ellas, así que se vieron obligadas a correr presurosas en búsqueda de una tienda para comprar el aceite necesario.  Mientras tanto, el novio y la novia con todo el séquito llegaban a la casa del novio y comenzaba la fiesta.  Así, cuando llegaron las doncellas sudorosas y desesperadas, las puertas estaban cerradas y ante sus gritos oyeron la respuesta del novio: “no las conozco” y no pudieron entrar.

Es evidente que Jesús narra esta parábola no para hacer una pieza literaria, sino para dejar a los suyos y a nosotros unas grandes enseñanzas mediante una clara simbología: 

-la vigilia y el sueño.  El sueño se refiere a la tibieza y la frialdad espiritual y la muerte de quien se separa del cuerpo vivo, la Iglesia.  La vigilia representa la tensión, la dedicación, el amor inteligente y generoso, la sabiduría y la vida: “No dormimos como los demás, sino estamos en vigilia, despiertos y sobrios”, comenta san Pablo en 1Ts 5,6.
Por eso, cuando se oye: “ya llega el esposo”, ni nos quedamos en una vida sin sentido o en pecado, sino acompañamos al esposo.

-la noche y la luz.  La noche es el momento de la prueba en la vida, del mal, del vacío en que “el alma anhela al Señor” (Is 26,9), en la esperanza que la aurora traiga la luz que es vida, es gracia, es Dios mismo.

La llama de la antorcha que rompe las tinieblas de la noche anuncia el encuentro con Cristo esposo, y el aceite de las lámparas es signo mesiánico en cuanto usado en la consagración de reyes y sacerdotes, y es signo de hospitalidad e intimidad y de todas las obras buenas que hacen brillar la lámpara de la fe.

En conclusión: sabios son aquellos que escuchan a Jesús, le reconocen y siguen, cumpliendo sus palabras.  Al nacer en el Bautismo para la eternidad, en la muerte recibirán la vida eterna, porque “Así como creemos que Jesús murió y resucitó, así también creemos que Dios va a resucitar con Jesús a los que murieron creyendo en él” (1Ts 4,14) y Dios, por medio de Jesús los llevará con él.

+ Adriano Tomasí, OFM
Obispo Auxiliar de Lima

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