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XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario - Ciclo A

DOMINGO XXXIII DEL TIEMPO ORDINARIO
19 de noviembre de 2017 – Ciclo A

Jesús llama a entrar en el Reino a través de las parábolas y exige también una elección radical para alcanzar el Reino, es necesario darlo todo; las palabras no bastan, hacen falta obras. La parábola de hoy es como un examen para cada uno de nosotros: ¿Qué hago con los talentos recibidos?

San Pablo, en la segunda lectura, nos recuerda que toda persona sensata experimenta que las seguridades de este mundo se quiebran. Por eso, la llamada de atención que nos hace hacia el fin de esta vida, que es comienzo de la otra, no puede desatenderse. Lo único sensato es vivir vigilante, continuar buscando, mejor deseando confiadamente, el futuro final.

«Así pues, no durmamos..., sino estemos vigilantes y vivamos sobriamente» (1 Tes. 5, 6). Es la postura de una sana vigilancia, tantas veces recomendada por el Nuevo Testamento y tan practicada por los cristianos de todas las épocas. Los santos, por ejemplo, han meditado con mucha frecuencia en la muerte. No se trata de una postura macabra, sino profundamente realista. En efecto, el que sabe que su vida en la tierra se acaba es como hierba y que ha de rendir cuentas a Dios por lo que realice en este mundo, ese es verdaderamente sensato, se da cuenta, es consciente del momento que vive. En cambio, el que se olvida de la muerte y vive de espaldas a ella es absolutamente insensato: «cuando diga la gente: “¡Qué paz, qué seguridad”, entonces, de improviso, les sobrevendrá la ruina... y no podrán escapar» (1 Tes. 5, 3).«Pero ustedes, hermanos... son hijos de la luz e hijos del día» (1 Tes. 5, 5). Ahí está el secreto y la forma de esta vigilancia. No se trata de estar esperando con miedo, como quien se teme algo horrible. Se trata de vivir en la luz, es decir, unido al Señor, en su presencia, sometido a su influjo, en la obediencia a su voluntad. El que así vive en la luz pasará con gozo y sin sobresalto a la luz en plenitud. Sólo el que vive en tinieblas es sorprendido, denunciado y sus planes son desbaratados completamente por la luz.

En el Evangelio, la "parábola de los talentos" acentúa el hecho de que a su vuelta el Señor «ajustará cuentas» (Mt. 25, 19) con cada uno de sus siervos. Lo que menos importa en la parábola es que uno haya recibido más o menos talentos: Dios da a cada uno según quiere y al fin y al cabo todo lo que tenemos es recibido de Él. Se trata de que hagamos fructificar los talentos —los dones naturales o sobrenaturales recibidos—, pues de todos ellos hemos de dar cuentas a Dios. El que esconde su talento es condenado porque no ha dado el fruto que de él se esperaba. El que se limita a "no hacer mal", en realidad está haciendo mal, pues no realiza el bien que tenía que hacer.
 
El Dios Juez no se contrapone al Dios Amor: son dos aspectos del mismo misterio de Dios que debemos aceptar como es. Dios no es un Dios que le da igual todo; Dios se toma en serio al hombre y por eso le pide cuentas de su vida. Somos responsables ante Dios de todo lo que hagamos y digamos y de todo lo que dejemos de hacer y de decir. No se trata de tener miedo a Dios, pero pensar en el juicio de Dios da seriedad a nuestra vida.

+ Rafael Escudero López-Brea
Obispo prelado de Moyobamba

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